Canal 44

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Columna de opinión de La Jornada Jalisco Por Felipe Vicencio Álvarez (miembro de Amedi Jalisco) A pesar de ser vistos con desdén, los medios públicos de comunicación en México desarrollan una labor muy importante en nuestra democracia. Más allá de la oferta de la radio y la televisión comercial, en todo el territorio nacional se despliega la señal de más de 450 estaciones de radio y televisión que atienden a más de 50 millones de televidentes y radioescuchas con una oferta distinta. Son emisoras a cargo de diversas autoridades e instituciones públicas que ofrecen programación con acento cultural y que hacen modesto contrapeso a la abrumadora oferta de los medios comerciales. Tienen un valor social distinto al del mercado y enriquecen con su pluralidad la visión que las personas tienen de la realidad. Pese a su importancia los medios públicos carecen de un marco legal que les dé certidumbre y estabilidad. Prácticamente no existen en nuestras leyes. La Ley Federal de Radio y Televisión apenas se refiere a ellos cuando autoriza la existencia de emisoras “culturales” o “experimentales” que pueden recibir permiso de la autoridad para operar; les impone la prohibición de comercializar espacios y no precisa cómo debieran dirigirse estas emisoras sostenidas con recursos públicos ni menos el papel que a los ciudadanos corresponde en su gestión. Por esta razón los medios no comerciales en México han sido frecuentemente medios oficiales, portavoces del discurso de las autoridades o instituciones que los administran, medios de propaganda gubernamental. Este proceder es distante de una verdadera función de servicio público, que implicaría imprimirles una visión de Estado, ponerles al servicio de las necesidades de información, entretenimiento y cultura de la comunidad. Aunque algunos medios permisionados orientan su trabajo de esta manera, lo hacen sólo por la determinación de quienes los dirigen y por la disposición de las autoridades de quienes dependen, pero en cualquier momento podrían convertirse en medios oficiales, pues no hay mandato legal que les obligue a permanecer como medios públicos. TV UNAM –de la Universidad Nacional Autónoma de México–, o Canal 11 –del Instituto Politécnico Nacional– son ejemplos de emisoras que, pese a la debilidad del marco jurídico que les da soporte, mantienen una vocación de servicio público notable con suficiente independencia de la institución que la sostiene. La Universidad de Guadalajara había solicitado permiso para operar un canal de televisión desde 1991. Ante la renuencia de la autoridad a otorgarlo, reforzada por la presión de las empresas comerciales que no desean “competencia”, optó por comprarle espacio a estas. Durante algún tiempo transmitió algunos contenidos, convenio de por medio, a través de la señal del canal 4 de Televisa Guadalajara. Por fin, en noviembre del año pasado la Comisión Federal de Telecomunicaciones le otorgó el permiso para la operación de la señal que hizo posible hace ocho días el inicio de transmisiones en la banda de UHF de XHUDG-TV, Canal 44. Gabriel Torres Espinoza, director de la “Operadora Televisión Abierta” de la Universidad, ha dicho que se trata de “un proyecto de difusión cultural, de televisión diferente a la que estamos acostumbrados”. Comienzan con seis horas diarias de producción propia más la transmisión de películas sobre las que la Universidad tiene derechos. Además del público de la Zona Metropolitana de Guadalajara, el canal está orientado especialmente al público hispano de la zona de Los Ángeles, al que pretenden llegar arrendando la señal del canal digital 31.2 de esa ciudad. Esta extensión, además de ampliar su cobertura y afianzar la estrategia de expansión de la Universidad en el sur de Estados Unidos, les permitirá comercializar espacios y obtener recursos importantes, lo que no podrían hacer en México por tratarse de una emisora permisionada. Estamos por ver todavía qué tipo de televisión está dispuesta a ofrecer la Universidad de Guadalajara. Si bien es cierto que sus directivos han anunciado una oferta cultural y de información seria, serán los contenidos cotidianos los que finalmente determinen el perfil de la emisora. Para cumplir adecuadamente su función como medio público, el Canal 44 no podrá estar sujeto a la agenda política de quienes dirigen la Universidad; no lo lograría si se convierte en tribuna de un grupo político en demérito de la pluralidad y del equilibrio que merece el teleauditorio. Más allá de un teléfono abierto al público, el canal tendrá que ofrecer cauces a la participación de la sociedad que permitan a los ciudadanos ser parte de la orientación, evaluación y supervisión de la señal. A su audiencia no deberá darle trato de consumidores sino de ciudadanos y deberá garantizar un manejo transparente de los recursos que se le asignen. Por lo pronto, es de celebrarse que Canal 44 esté al aire y esperemos que se convierta en una verdadera oferta de televisión de servicio público.

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