Criminalización de la protesta

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Por Jorge Narro

Publicado originalmente el 8 de diciembre de 2014 en el periódico Mural.

El 20 de noviembre por la tarde marché junto con mi esposa, mis tres hijos y poco más de cuatro mil personas. Caminamos pacíficamente (eso sí, metiendo en apuros al tráfico de la ciudad) desde el parque Revolución hasta el llamado Palacio Federal. Un par de horas a paso lento; coreando consignas viejas y nuevas; protestando contra la violencia, la corrupción y la impunidad que campean por el país y que tan dolorosamente simbolizan los 43 de Ayotzinapa.

En la ciudad de México, mientras tanto, un par de cientos de miles hacían lo mismo. Profesionistas y obreros, estudiantes y amas de casa, religiosas y agnósticos, viejos y jóvenes, clasemedieros y gente de muy escasos recursos. Marcha multitudinaria, plural, pacífica…

Pero no fue eso de lo que habló la mayoría de los medios, en particular la televisión abierta. Se concentraron en lo que un pequeño grupo de vándalos (pequeñísimo en relación con los más de 200 mil) hizo al final de la manifestación (lo mismo ocurrió con la marcha del 1 de diciembre).

Frida Rodelo, académica de la Universidad de Guadalajara, en un artículo publicado recientemente (“Evidencias para no criminalizar la protesta”), recuerda un texto de 1999 en el que dos investigadores estadounidenses, Douglas McLeod y Benjamin Detenber, bautizan como “paradigma de protesta” a un conjunto de características típicas de las notas informativas sobre protestas sociales:

1. Las noticias tienden a ser sobre “enfrentamientos” entre grupos de manifestantes y la Policía, en donde los manifestantes son los “desviados” o criminales.

2. El uso de fuentes y definiciones gubernamentales (“oficiales”) es mayor que el uso de cualquier otro tipo de fuentes.

3. Si se invoca a la opinión pública, se utilizan citas que refuerzan el punto de vista de las fuentes oficiales.

4. Se usa el lenguaje en detrimento de los manifestantes, ya sea para minimizar el tamaño del movimiento, para hacer parecer al movimiento social más radical de lo que es o para cuestionar sus fines (por ejemplo, a través del uso de la ironía).

Los norteamericanos –concluye Rodelo– “demuestran a partir de un experimento que los sujetos a quienes se mostraron notas con este tratamiento tendieron más a descalificar a los grupos de manifestantes…”.

El lunes pasado –en el segundo aniversario de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto– volvimos a salir a la calle en Guadalajara. De nuevo la marcha fue pacífica, multitudinaria y plural. Con un elaborado operativo de seguridad, no pensado en función de la Policía sino de infiltrados con el encargo de realizar desmanes, justificar así la intervención de la fuerza pública y alimentar en la sociedad la condena a las protestas.

Y es que “los violentos” no son la inmensa mayoría de los que participamos en las marchas. Reproduzco el diálogo sostenido entre un amigo mío y un policía vial, hacia el final de la manifestación del día primero.

“¿Qué pasa? ¿Por qué está cerrada la calle?”, preguntó mi amigo al agente, fingiendo que lo ignoraba. “Son manifestantes”, fue la respuesta. “¿Y por qué se manifiestan?”. “Por revoltosos”, contestó el policía. Y añadió: “Debían rodearlos, ahora que están juntos, y matarlos a todos. Así se acabarían los problemas”. Mi amigo se quedó helado, con el estómago revuelto. Dudando de haber oído lo que había oído. Pero el agente siguió: “¿Usted no estudió en la universidad, verdad?”. “Sí, sí estudié”. “Pues no se nota. Si hubiera estudiado estaría informado”.

Sin duda hay vándalos entre quienes salimos a la calle a denunciar, a protestar, a proponer. Y los más violentos son los que actúan a sueldo de no se sabe quién. Pero también hay “agentes del orden” -quiero suponer que pocos- tan agresivos o más que los sujetos que con el rostro cubierto lanzas bombas molotov contra la Policía. Ni unos ni otros son tolerables.

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