Preguntar para transparentar

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Por Sergio René De Dios Corona

Publicada originalmente el 18 de enero de 2015 en la revista Colibrí.

Preguntamos para intentar “leer” el mundo y que otros lo “relean”. Mientras los filósofos y científicos discuten qué es la “realidad”, a nosotros nos interesa introducirnos en ella para preguntar aquí y allá. Porque somos hombres y mujeres de acción, pero también de reflexión. (Como la “realidad” es similar a una cebolla con capas infinitas, ¿tal vez por eso somos devoradores de tacos con hartas dosis del tubérculo?). Somos eternos buscadores de respuestas: por eso planteamos preguntas a miles de personas, deseamos hallar contestaciones en documentos, tecleamos para escudriñarlas en redes sociales, observamos con microscopios, catalejos y telescopios. Nos obsesionan las preguntas; incluso nos preguntamos si lo que preguntamos está bien preguntado. Siempre tenemos muchas preguntas y menos certezas, cargamos costales de dudas y bolsitas con axiomas. A través de las preguntas vamos tras las “verdades” periodísticas, pero éstas son gelatinosas, rebeldes y casi inaprehensibles. A veces mal preguntamos y la “realidad” se burla de nosotros; nos desprecia, nos orina y no permite que la penetremos cuando fuimos malos seductores, equivalente a pésimos preguntadores.

Un dato, un pinche dato que nos falta y por el que no se amarra un buen reportaje, nos tortura. Si no hallamos el dato, entonces mal dormimos, nos atrapa la angustia y el tiempo es una exigente losa que mal cubre el rostro de inquisidores: un editor, un jefe de información o un director que, para variar, preguntan al preguntador: ¿Ya está el texto? Un dato importante que faltaba, cuando lo poseemos sabe a miel pura de abeja; es la puerta de entrada a unos segundos de placer que se diluyen mientras lo incorporamos al texto que alguien leerá o escuchará.

Sabemos que un dato se convierte en información y, en una chance, en conocimiento. Detrás de un buen dato periodístico encontrado están diversos ingredientes; uno, primero, buenas preguntas que condujeron a un descubrimiento. Así, el fotógrafo y el camarógrafo se preguntan cuál es el mejor ángulo, la mejor toma, de eso que observan; el reportero interroga, desconfiado, para hallar lo que es noticioso; el editor se pregunta cuáles son los temas a indagar, a jerarquizar y a mostrarlos de la mejor forma; el encargado de las redes sociales se pregunta qué se preguntan los que navegan, y de ahí para el real. La política editorial es el arte de hacerse buenas preguntas y hallar buenas respuestas.

Hacemos preguntas cómodas pero también, muchísimas veces, incómodas. Las primeras, tal vez para abrir boca y relajar al entrevistado, aunque no faltan quienes en el gremio lo hacen para “quedar bien” o en busca de otros intereses; las segundas son necesarias, interpelan a los poseedores de dogmas y últimas verdades políticas, religiosas, nacionalistas y… hasta deportivas. Preguntar suele molestar a quienes o tienen o son o representan al poder. Preguntar es querer horadar lo que se afirma desde los grupos del poder, cualquier poder, no solo el político, el militar, el económico, el religioso, el sindical o el delictivo. (En la lista hay que incluir el poder de las propias empresas informativas, las pequeñas y las gigantes que dominan el escenario informativo nacional o internacional, las que son negocios usados como ariete para proteger otros negocios). Lanzamos preguntas con jiribilla, con presuposiciones, intencionadas, con énfasis, con provocaciones, con acidez… sí, sobre todo cuando enfrente tenemos a un necio o una necia que considera la información pública un patrimonio personal. Un buen periodista pregunta, pues, para informar con calidad y con un alto sentido de responsabilidad, porque comprende que la razón de su propia necedad son sus lectores, radioescuchas, televidentes o internautas.

Preguntamos para informar porque sabemos que así contribuimos a crear ciudadanía. Un ciudadano bien informado puede -lo dejaremos en “puede”-, ser un buen ciudadano. Una democracia no tendría que presumirse como tal si los ciudadanos están desinformados, a pesar de que políticos, empresarios y sus ideólogos pretendan hacernos creer otra cosa. ¿Cómo presumir que se ofrece información “objetiva” (jajajajaja), clara y precisa, cuando se deforma, se miente o se oculta información para legitimar intereses o se mandan al archivo imágenes non sanctas?

Antes preguntábamos sobre todo cara a cara o, de manera alterna, vía telefónica. Es hasta finales del siglo pasado y lo que va del actual cuando nuestras preguntas hallaron otras vías, como los correos electrónicos o las videoconferencias. La novedad desde la primera década del siglo 21 es que para preguntar lo que sucede en el ámbito público se dispone de las leyes de transparencia, la federal y las estatales. ¿Por qué los periodistas debemos usar las leyes de transparencia?, es una pregunta que podría parecer obvia; sin embargo, nada es obvio. Menos en el periodismo. Menos en las preguntas que buscan desentrañar lo que es aparentemente obvio. Las supuestas obviedades pueden ocultar información y, con ello, sorpresas que podrían transformarse en noticias, crónicas o reportajes. Lo obvio mataría lo novedoso: ya no hay novedad en lo que es obvio. ¿Para qué preguntarse sobre lo obvio si es, precisamente, obvio?

Añadamos: lo obvio estorba al periodista. Es una muralla que no deja observar o desvía la mirada de algo posiblemente relevante, aunque esté enfrente del observador. Es un virus mental que impide curiosear e indagar acerca de lo que sucede, de por qué o para qué sucede. Es una trampa al acecho del comunicador ingenuo. Dudar es una actitud profesional del periodista. Es, tal vez, una patología profesional (si existe una profesión que carezca de patologías, que tire la primera roca). Pero muchas ocasiones necesaria. La duda abarca también el cuestionar lo que se considera obvio. Y para desnudar lo que pareciera obvio necesitamos hechos concretos, cifras que precisen magnitudes, evidencias que comprueben hipótesis, documentos que sustenten intuiciones. O sea, información de calidad. No la calidad empresarial, no la calidad mercantil, sino la calidad ética.

Son distintos los caminos para llegar como periodistas a nuestra materia prima, la información de calidad. Y, retomo, uno, no el único, son las leyes de transparencia. Son un camino sembrado en ocasiones de vallas bien o regularmente apuntaladas, trampas legaloides, burocracias que tapan “chuecuras”, información no sistematizada o expedientes que una administración de tal o cual partido rapiñó al llevárselos consigo… pero de igual manera son un acceso legal para hallar información oficial, la “verdad” oficial. Son la voz-respuesta gubernamental de lo solicitado. Son un punto de partida, no de llegada, para ahondar en tales o cuales temas; son pistas para ejercer el periodismo conceptualizado como de investigación. Son tal vez una cifra a la que, en palabras del periodista Juan Carlos Núñez, “habrá que ponerle carnita”. (¡Ah cómo nos reíamos cuando otro periodista, Agustín del Castillo, decía sonriente en la sala de redacción de Siglo 21: “denme un dato y les armaré un tema!”).

Las leyes de transparencia podrían ser un buen antídoto contra las filtraciones: a mayor transparencia se recibirían menos filtraciones. (Dejo la frase como propuesta inútil en busca de oídos atentos de un funcionario).

Con un derecho a la información vigente, lo que obtengamos es información que podemos cruzarla con otra, compararla con la de allá, extrapolarla a una situación, ligarla a ciertos hechos, contextualizarla para que se refuerce, deducir de ella algo insospechado, analizarla en pedacitos para luego rearmarla y observar dinámicas de procesos y situaciones (descarto la información de los portales de transparencia, que suele ser elemental). Desde los periodistas de principios del siglo llamados “escarbadores de basura” (o de mierda) de Estados Unidos, como se les descalificó desde el poder presidencial, hasta las investigaciones de reciente cuño, como la Casa Blanca de la familia presidencial mexicana, requerimos rascar donde huela mal (lo putrefacto apesta). Y si hay normas que contribuyen a disminuir opacidades, lo más inteligente es hacerlas vigentes. Aunque salgamos en ocasiones salpicados o asqueados de la pus que brota. Bien me advertía un viejo periodista cuando yo era (aún lo soy) un periodista novato: “Donde quiera que rasques hallarás mierda”.

Usar las leyes de transparencia es un reto a la paciencia: hay que plantear cada pregunta lo más preciso posible, de lo contrario una pregunta posiblemente malhecha causará que nos mande a freír espárragos el guardián de los secretos de archivos (secretos) de una oficina gubernamental. Pero aún así habrá que hacer el intento y el reintento, en busca de que los funcionarios rindan cuentas, informen lo que hacen y por qué lo hacen, asuman responsabilidades. Pero usar las normas que dan acceso a la información pública encuentra escollos si desde las propias empresas informativas no se apoya, con tiempo y recursos, al reportero. Lo sabemos: muchísimas ocasiones los periodistas apenas si rascamos la superficie de estructuras burocráticas con blindaje anti prensa crítica o contra miradas curiosas. Los reporteros que se pasan a una oficina de comunicación social o una de “transparencia”, relatan cómo quienes eran sus compañeros de bando sólo arañan alguna cosa por ahí u otra por acá, y ni se enteran de anomalías que van y vienen de oficina en oficina. Usar las leyes de transparencia presupone una actitud: dejar de ser meros testigos y asumir que también somos protagonistas. Las preguntas no son neutrales, la información tampoco y su redacción ¡menos! (Aclaro: tampoco su lectura).

Al echar mano de las leyes de transparencia somos continuadores de aquellos periodistas que en México y otros países han muerto defendiendo un derecho sagrado: la libertad de expresión. Hay más de cinco siglos de historia del periodismo. Somos parte de ese, y lo subrayo, linaje que otros construyeron con su vida. Una libertad arrancada con sacrificios. Una libertad que deviene en el derecho a la información, compuesto por lo que nos enseñaron en la escuela: derecho a solicitar información, a investigarla y a difundirla. Un derecho que se defiende (o no) en las salas de redacción, en las manifestaciones callejeras, en las redes sociales, en distintos espacios y diferentes suertes. Un derecho que está en riesgo ante los ataques de todo tipo de fundamentalistas y fanáticos. Un derecho humano que nos hace precisamente más humanos, como seres necesitados de comunicarse. Un periodista hecho y derecho, como dirían las abuelas, es un defensor de la libertad de expresión, con las limitaciones que marcan la ética, que, recordando a Savater, empieza cuando aparecen en escena los otros.

Si como periodistas nuestro sino es preguntar, hagamos preguntas inteligentes; con leyes o sin leyes de transparencia.

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