Imágenes, periodismo y memoria colectiva: Ayotzinapa y el 68

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Juan Larrosa / Opinión

Imágenes, periodismo y memoria colectiva: Ayotzinapa y el 68

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

Hace un par de años un especialista en análisis visual me explicó que la mejor forma de evaluar un video era observar exclusivamente sus imágenes y cancelar el sonido. Al ver el video sin sonido queda al descubierto la narrativa y las imágenes que lo conforman, por lo que resulta más sencillo descubrir algunos significados que de otra forma pasan desapercibidos. Las imágenes son muy poderosas porque rápidamente se archivan en nuestra mente y van construyendo nuestra memoria. Esto no quiere decir que todas las imágenes a las que estamos expuestos se conviertan automáticamente en memoria o que no tengamos poder de discernimiento sobre qué nos gusta o no nos gusta, o sobre qué queremos guardar y qué no. Sin embargo, pensamos y recordamos a través de imágenes que poco a poco van formando historias. Estas historias dan sentido a nuestra vida individual y colectiva. Al igual que los videos, las fotografías que se publican en la prensa escrita van creando narraciones de lo que, en palabras de Miguel Ángel Bastenier, estalla e irrumpe en el encefalograma de la vida cotidiana. Ante el horror en el que ha vivido México en las últimas semanas, las imágenes que se han publicado en la prensa nacional dicen mucho sobre la memoria social de nuestro país.

El caso de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa es uno de los capítulos más terribles de la violencia en México, el cual ha sido ampliamente reportado en la prensa nacional. ¿Qué narración generan las fotografías publicadas en las primeras planas de diarios como Reforma, El Universal, Excélsior, Milenio y La Jornada? ¿Qué historia cuentan? Si se excluyen las fotografías de temas internacionales, espectáculos y deportes, durante las últimas dos semanas estos periódicos contaron la historia del movimiento estudiantil del Politécnico que se manifestó en las calles de la capital del país y la del Secretario de Gobernación que salió a la calle para escucharlos. También se publicaron las imágenes de cuerpos abatidos por balas en Tlaya, donde 22 personas perdieron la vida. Días más tarde aparecieron las imágenes del sepelio de Raúl Álvarez Garín, líder del movimiento del 68 y más adelante, fotografías de las marchas que conmemoraron la matanza de Tlatelolco. Luego se publicaron imágenes del caso de Ayotzinapa: fotografías de estudiantes muertos y su sepelio, fotografías de estudiantes aventado piedras al congreso de Guerrero y de marchas en distintas ciudades de México en solidaridad con los estudiantes, fotografías del Ejército y de policías en búsqueda de los estudiantes y, finalmente, al presidente Peña Nieto y su equipo haciendo una declaración institucional sobre el caso. En medio de todas estas historias también aparecieron fotografías de la captura de dos importantes narcotraficantes.

La primera lectura que salta de estas fotografías es que México sigue en severos problemas en materia de seguridad pública. En menos de quince días se publicaron dos historias de asesinatos a estudiantes a manos de policías o militares y un caso de 43 estudiantes desaparecidos. Por ello, no es coincidencia que el gobierno federal haya querido contrarrestar mediáticamente estos casos. Por cada historia de asesinatos o desapariciones de estudiantes, emergió una historia sobre la captura de narcotraficantes. Hasta ahora, el gobierno de Peña Nieto había podido atenuar la publicación de historias relacionadas con la inseguridad pública que se vive en el país. Desde su llegada a la presidencia fue notable que las notas y fotografías relacionadas con estos temas disminuyeron en cantidad, al menos en la prensa de circulación nacional. No obstante, los índices relacionados con la inseguridad pública no han mejorado y en muchos casos han empeorado. Peña Nieto logró lo que Felipe Calderón nunca pudo: descentrar el tema de la violencia a través de una estrategia de relaciones públicas. Sin embargo, el gobierno federal no pudo atenuar la agenda mediática de las últimas semanas. Los casos de asesinatos y desapariciones en Guerrero son muestra del horror en el que vive México. Sin embargo, no son casos aislados y forman parte de los resultados destructivos de una guerra que en los últimos ocho años ha cobrado la vida de más de 130 mil personas.

Entonces, ¿qué fue lo que cambió en estas dos semanas? ¿Por qué el caso Ayotzinapa tomó tal relevancia? Octubre fue una bomba molotov directa a la memoria colectiva de México. Las fotografías publicadas en las primeras planas de los diarios narran historias de estudiantes muertos y desaparecidos, de estudiantes que salen a las calles a manifestarse, del fallecimiento de Raúl Álvarez Garín, líder estudiantil en 1968, y de una sociedad que conmemora públicamente una matanza de estudiantes que, medio siglo después, sigue sin tener una explicación oficial por parte del Estado mexicano. Es evidente que las historias de los estudiantes Guerrero se han enlazado con los recuerdos de la represión estudiantil de 1968. El caso de los estudiantes asesinados y desaparecidos indigna a los mexicanos porque recuerda que la matanza de Tlatelolco sigue siendo un proceso abierto y que no ha podido cerrarse a través del esclarecimiento de la verdad histórica y jurídica de los hechos. Las historias de Guerrero indignan a los mexicanos porque es muy probable que este nuevo episodio de agresiones a estudiantes se adhiera a una larga lista de casos no esclarecidos por la justicia mexicana.

Algunos historiadores nos han dicho que luego de la Revolución Mexicana, el Ejército se quedó en sus cuarteles y no buscó el poder. México destacó en latinoamericana porque no hubo una dictadura. Al recordar el pasado mexicano no tenemos en la memora a una dictadura, pero tampoco a una democracia. Esta ambivalencia del régimen mexicano, que tuvo rasgos dictatoriales y democráticos a la vez, ha congelado nuestras fuerzas para llamar a cuentas a un Estado que sí fue autoritario y que cometió numerosos y violentos agravios en contra de la población mexicana. Son cuentas que nunca fueron saldadas, a diferencia de lo que pasó en países que vivieron bajo dictaduras militares. Ahora, cien años después de la Revolución, México es un país atorado en una transición política que ha demorado más de cuatro décadas y que vive un estado de guerra en algunas partes de su territorio. Las fotografías publicadas en la prensa nacional nos recuerdan que el “2 de octubre no se olvida”. En la memoria colectiva el 2 de octubre de 1968 sigue siendo un proceso abierto, y al que se le han ido sumando muchas otras matanzas y represiones. Las fotografías de los estudiantes volvieron a tocar un dolor en las profundidades de nuestra memoria colectiva.

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