Retomar la lucha por la libertad de expresión

Opinión

Retomar la lucha por la libertad de expresión

Columna quincenal de Amedi Jalisco publicada en ZonaDocs. Por Brenda Ramos /Amedi Jalisco / @AmediJalisco Que la libertad de expresión está bajo amenaza en diversas partes del mundo no es ninguna sorpresa. Algunos de sus problemas más acuciantes llevan años, sino es que décadas, minando el derecho a la información en países autocráticos como también en democracias jóvenes y maduras: gobiernos autoritarios que en el peor de los casos matan y encarcelan a periodistas y activistas o, en un escenario un poco menos peor, utilizan otras estrategias para intimidarlos. Países sumergidos en violencias civiles y militares, con altos niveles de impunidad que tarde o temprano alcanzan a cualquiera que se atreva a levantar la voz. Congresos cómplices que legislan para penalizar y restringir la libertad de expresión para que políticos y empresarios rapaces empleen artilugios legales para acallar voces críticas. Plataformas tecnológicas que cada vez tienen mayor control sobre lo que se puede y no se puede decir, con pocas regulaciones para limitarlas. El debilitamiento de los sistemas de medios públicos a la par de un modelo de negocios caducado que impide sostener suficientes medios privados, dejando a comunidades enteras sin información local. Y sin embargo, en los medios de comunicación y en las redes sociales, incluso en ciertas discusiones académicas, escuchamos a menudo que una de las amenazas más graves a la libertad de expresión es una cosa llamada “cultura de la cancelación”, producto de una supuesta vigilancia insaciable para mantener el discurso dentro de los márgenes de lo políticamente correcto. Algunas prácticas asociadas a estos aparentes ptoblemas, como el ciberacoso, pueden traer consecuencias graves para las personas. Sin embargo, muchas veces la mal llamada “cultura de la cancelación” es sólo una instrumentalización hipócrita para condenar ejercicios válidos de crítica. La agenda en defensa de la libertad de expresión ha sido cooptada por grupos facsistoides que aseguran que ahí está el verdadero peligro: en la “cultura de la cancelación”, en lo políticamente correcto. Preocupa especialmente que, cuando los ciudadanos piensen en obstáculos para ejercer la libertad de expresión, estas ideas sean lo primero que les vengan a la cabeza y no todos los problemas anteriormente enunciados. El Premio Nobel de la Paz 2021, entregado hace un par de semanas a los periodistas María Ressa y Dmitry Muratov, de Filipinas y Rusia, respectivamente, pone el acento en la necesidad de retomar la lucha contra las verdaderas amenazas contra la libertad de expresión. Es decir, brinda una oportunidad perfecta para que periodistas y activistas reclamen su defensa bajo una agenda de promoción de los derechos humanos y de la cultura de paz.
María Ressa es una periodista de investigación que, tras haber incomodado al gobierno del filipino Rodrigo Duterte, ha sido vícitma de una campaña atroz de acoso judicial y de difamación a través de redes sociales. Dmitry Muratov, por su parte, es el fundador y editor en jefe de uno de los pocos periódicos independientes y críticos del gobierno de Vladimir Putin en Rusia. Desde hace ya casi tres décadas, ha sido testigo del asesinato de al menos seis de sus colegas y pese a ello, resiste.
El Nobel, además de haber sido entregado particularmente a Ressa y a Muratov, también fue anunciado como un premio a la resistencia y a la labor que realizan periodistas en todo el mundo, pese a múltiples adversidades. Debemos asumir, con paciencia y humildad, que ésta es una lucha a largo plazo, pues todo indica que la situación no se resolverá inmeditamente ni siquiera para los propios galardonados y sus colegas. En Latinoamérica, observamos con preocupación que en México se han realizado campañas sofisticadas para espiar a periodistas y a activistas; que en Nicaragua y Venezuela, colegas se exilian ante la persecución incesante de sus gobiernos; que en El Salvador, los medios críticos viven un acoso sistemático que puede acabar con ellos. Y bueno, en toda la región también están presentes las cosas de siempre: la precariedad de las condiciones laborales, las amenazas de los criminales y la indolencia de la sociedad. Habitualmente, cuando pensamos en luchadores sociales por la paz, el derecho a la información, que comprende a la libertad de expresión, no es lo primero que nos viene a la mente. Pero la realidad es que ésta no es la primera vez que un periodista gana el Nobel: el primer periodista que lo recibió fue el austriaco Ernesto Moneta, en 1907, tanto por su oficio como por su legado en la formación de organizaciones promotoras de la paz. En 1933 fue para Norman Angell, periodista inglés, principalmente por la publicación de su libro La gran ilusión, sobre la naturaleza de la guerra y la invetibale debacle que trae tanto para vencidos como para vencedores. Después se reconoció al alemán Carl von Ossietzky, periodista anti-nazi durante la Segunda Guerra Mundial que fue enviado a un campo de concentración. Y recientemente, en 2011, la periodista yemení Tawakkol Karman recibió el premio por su trabajo en favor los derechos de las mujeres y por su papel en las protestas durante la Primera Árabe. El premio a Ressa y a Muratov nos recuerda que debemos poner el foco en las verdaderas amenazas contra la libertad de expresión y no dejarnos llevar por agendas oportunistas como las que dedican día y noche a hablar de la supuesta “cultura de la cancelación”. Es momento de que las personas verdaderamente interesadas en mejorar las condiciones de nuestros países y comunidades les arrebatemos el micrófono. Recordemos que sin información veraz no hay posibilidad para la justicia, y sin justicia, no hay paz.

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