Inspirador

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Por Pedro Mellado

Publicado originalmente el 8 de enero de 2015 en el periódico Mural.

Enemigo de las complicidades y del servilismo en los medios de comunicación, ayer se despidió del mundo el periodista don Julio Scherer García (1926-2015).

Fue antes que nada un eterno reportero de corazón joven. Director en su momento del periódico Excélsior, fue objeto de una conjura y un ataque frontal del Gobierno de Luis Echeverría Álvarez, cuando con un amplio grupo de colaboradores fue expulsado de esa cooperativa editorial un aciago 8 de julio de 1976.

En las páginas del Excélsior de Scherer se ponían en entredicho las razones del poder, se criticaban los estilos personales -arbitrarios, abusivos, autoritarios- de gobernar y se expresaban las mentes luminosas y críticas de la época.

Fue fundador, el 6 de noviembre de 1976, del semanario Proceso, que abrió amplia brecha en los caminos de la libertad de expresión y de la dignidad profesional del gremio reporteril.

Despreciaba la escandalosa corrupción que pudría y pudre todavía a infinidad de medios de comunicación, dúctiles ante el poder y el dinero, fáciles para la lisonja, cómodos en la abyección y prestos para la genuflexión. Por eso practicaba con el ejemplo un periodismo áspero, amargo, agrio, rudo, ácido, sin concesiones, que ha distinguido a la revista Proceso.

Amaba y creía en los profundos significados de las palabras grandes y sonoras: libertad, dignidad, verdad y justicia. Pero también seguía con devoción los principios de oraciones sencillas: “No hay abrigo para la mentira. Tarde o temprano manos hábiles la desnudan”, como dijo en su libro Estos años, de editorial Océano, publicado en 1995.

Creía firmemente que la sangre del político no es igual a la sangre del periodista, pues corren por venas distintas y alimentan organismos distintos. “No hay manera de unir sus torrentes sin envenenarlos”, advertía.

Enfrentó también al Presidente José López Portillo y Pacheco (1976-1982), quien en un arrebato de impotencia y quebrado su ánimo al no poder doblegar a Proceso, retiró toda la publicidad gubernamental del semanario y vomitó una frase amargamente célebre: “No pago para que me peguen”.

Se fue uno de los mejores de nuestro gremio, para muchos, con sobradas razones, el mejor del más reciente medio siglo. Y es verdad, los periodistas tenemos razones para estar de luto.

Pero también habría que asumir con esperanza que, en estos tiempos oscuros y violentos, en los que la abyección ha suplantado a la dignidad y el decoro, y el miedo pretende acallar a las conciencias, su ejemplo inspira.

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