Pro nobis

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Augusto Chacón / Opinión

Pro nobis

Por Augusto Chacón

Publicado originalmente el 10 de enero de 2015 en el periódico Milenio Jalisco.

La idea de un dios o de uno de sus autonombrados emisarios propensos a ofenderse por lo que dicen seres menores y evidentemente imperfectos como los humanos, resulta altamente sospechosa de ausencia de divinidad. En cambio, la idea de entes creados merced la voluntad ultra biológica de una esencia superior e inasible, capaces de inventar un concepto como la libertad y de practicarlo desde otro de sus ingenios más serios y profundos, el juego, parece el centro de la búsqueda por lo que está más allá, y también antes, del vehículo limitado que puede ser lo meramente humano.

Quienes pasan sus días atentos a que el ser supremo, cualquiera, no sea agraviado, renuncian a ejercer los dones que de acuerdo a sus creencias les fueron concedidos por aquél a quien adoran. Al limitar tan grandemente sus facultades innatas subestiman y merman la obra de su hacedor, que si bien no se pronuncia en un sentido u otro, seguramente sería mejor servido desde la acción creativa que a partir del servilismo que llega al homicidio.

Por supuesto no podemos aportar evidencias de la anterior afirmación, es imposible saber de primera mano qué es lo que hace sonreír al dios que veneran los intolerantes, y por supuesto descartemos la fe en lo sobrenatural como dato válido en un debate que pretenda conocer lo que alguna deidad desea, la fe no corre pareja por todas las mentes o en todo caso no siempre es puesta al servicio de la teología y así: no es una.

Pero dejemos a un lado la razón que privilegia el modo del conocimiento científico. La verdad es que cuando se trata de dialogar sobre temas que atañen a lo religioso, el recuento de guerras, cuántas de ellas fruto negro y amargo de las pasiones religiosas. Si nos pusiéramos todos y todas en situación de no anteponer prejuicios religiosos para evaluar las relaciones sociales, veríamos que hay muchos principios comunes, uno de ellos mandamiento básico para la gran mayoría de las religiones actuales y para casi todas las legislaciones del mundo: no matarás. Sin matices, sin salvedades, la regla es estricta: no matarás.

El homicidio de los periodistas de Charlie Hebdo perpetrado en París no admite otra consideración que lo que muestran los hechos: asesinatos a sangre fría contra quienes estaban en plan de pergeñar el concepto que nos iguala y nos hace aspirar a más: la libertad. A nombre de quién o de qué lo hicieron es irrelevante, el Estado francés se encargó de enfrentar el caso a la altura de su gravedad concreta y simbólica: 88 mil policías con decenas de millones de franceses detrás, indignados, para salvaguardar uno de los pilares de su sociedad, de nuestra civilización, del reino de este mundo.

No hubo necesidad de que el presidente de Francia declarara en cadena nacional: todo el rigor de la ley, caiga quien caiga, nos enoja, etc. Atendió el delito. Lo que deja al Estado mexicano en una posición ridícula: para nuestros gobernantes primero son los móviles políticos y económicos, los electorales y de poder, los que según ellos atenúan y no pocas veces justifican, al menos esa impresión deja su actitud, así se trate del secuestro masivo de estudiantes o de la masacre de migrantes. Es como si aquí hubiéramos pasado de la teocracia a un laicismo que tiene en la componenda su artículo de fe, sin detenernos en la modernidad.

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